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DOMINGO DE RAMOS

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!

Parece mentira, pero un año más nos encontramos rodeados de gente, todos llevamos nuestras palmas y ramas de olivo, todos cantamos alegres a tu figura, Señor Jesús, todos queremos seguirte en esta semana de Pasión que te dispones a vivir subiendo a Jerusalén como estás haciendo en el día de hoy. ¿Ves? Hoy, día de fiesta somos muchos los que te acompañamos y en medio de los vítores, cantos y palmas una espada atraviesa mi alma como se la atravesó a tu Madre el día de tu presentación en el templo. Hoy, a mí, me atraviesa la espada de la pena, de la tristeza ¿hasta cuando voy a ser capaz de acompañarte? ¿hasta dónde voy a llegar por amor a ti?

Sí, ciertamente, somos muchos los que te acompañamos en este momento ¡qué fácil es seguir tus huellas cuando todo nos va bien! Ir bien es, en muchas ocasiones, sinónimo de qué fácil es seguirte cuando cumples nuestra voluntad, cuando nuestras expectativas se ven colmadas gracias a tu amor y fidelidad con cada uno de nosotros. Sin embargo, cuando las cosas son al revés, cuando yo no sé aceptar tu voluntad, cuando soy incapaz de negarme a mí mismo para acogerte en mi vida y poder cumplir con tu Palabra, cuando soy incapaz de amar a los demás como tú nos amas a cada uno de nosotros, entonces… entonces las dudas nos asaltan, nuestros enfados contigo se hacen latentes en nuestra vida… entonces, empezamos a dejarte solo y no te seguimos. Entonces no queremos oír hablar de ti, nos hacemos los sordos a tu Palabra, a tu mensaje, a tus proposiciones. ¡Qué pena que se nos olvide lo que estamos a punto de vivir esta semana! ¡Qué pena que seamos incapaces de valorar este gesto de amor desinteresado y gratuito que tienes hacia cada uno de nosotros! Y no te importan nuestros pecados, nuestras debilidades, sólo te importa nuestra felicidad. Te muestras dispuesto a perdonarnos, a amarnos sin medida, sabiendo que esa es la única medida que debe tener el amor: no tener medida, ser inconmensurable.

Este último año han pasado muchas cosas, Señor, tú bien lo sabes, cosas que en muchas ocasiones nos han dejado anclados en la pena, tristeza o incertidumbre. Otra lección nos espera esta Semana Santa que tras la alegría del Domingo de Ramos viene la pena del Viernes Santo, de un Viernes Santo necesario para nuestra salvación, para llegar a esa Resurrección con la que vences al pecado, a la muerte, al odio, al mal…

Que este Domingo de Ramos nos sirva para acompañarte cada día de nuestra vida, que sea el pórtico a la definitiva Semana Santa de nuestra vida, porque eso significará que hemos valorado que “si el grano de trigo no cae a tierra y muere queda infecundo”. Si es la definitiva Semana Santa significará que hemos configurado nuestro corazón con el tuyo y que en ti nos hemos hecho uno con el Padre, como siempre ha sido tu deseo, Jesús.

Que estos días de tu Pasión, Muerte y Resurrección no sean un mero recordatorio de tu muestra más grande de amor, sino que sea la actualización de este generoso acto de donación para que, a imitación tuya, nosotros estamos convencidos y dispuestos a convertirnos en esos otros “cristos” que nuestro mundo necesita con urgencia.

¡Feliz Semana Santa!

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