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JUEVES SANTO

Mis queridos hermanos del Silencio:
Os decía el lunes santo, que no era aquella la única cena de Jesús con sus amigos –la que tuvo lugar en Betania en casa de Lázaro, Marta y María– pues hoy Jesús preside La Cena. 
El encuentro en el cenáculo, en la intimidad de sus apóstoles, nos deja una herencia que nos configura y define nuestro ser cristianos. Rememoramos el desenlace final de una historia de amor por la que Dios quiso mostrarnos en su Hijo Amado su decisión de salvarnos.
En primer lugar, la cena remite a un gesto del pueblo judío en la que cada año rememoraban el paso de Dios en sus vidas. Un paso salvador que arrancó sus esclavitudes, sus exilios, todos sus sufrimientos y sus pecados. La cena se ha convertido en el espacio novedoso donde Jesús se pone delante de sus discípulos a corazón abierto “tomando la condición de esclavo y pasando por uno de tantos”. Es el paso de un Dios que abre su corazón para que con palabras y gestos, vuelva a declarar el amor a una humanidad distraída y torpe, extraña al amor del mismo Dios.
Fue esta una noche de intimidades. Jesús comenzó a orar al Padre diciendo lo mucho que le importaban aquellos que el mismo le había confiado. Y se le escapaban los afectos con los que por amor al Padre Dios, Él estaba dispuesto a entregar a sus hermanos. Entre miles de modos para darnos su amor eligió sentir desde nuestro corazón. El gesto supremo de su entrega solo para que los hombres pudiéramos entender el porqué de su presencia y su compañía.

El amor tiene esa dimensión fraterna, que nos desvela finalmente un Dios que se hizo hermano, uno de nosotros. Amor de hermano, amor eucarístico, que se hace gesto al ponerse a lavar los pies de los discípulos. Aquellos pies que no siempre anduvieron prestos, ni ágiles. Pies que dudaron, que se equivocaron, que cedieron a la distracción, que negaron y traicionaron para más tarde esconderse por miedo a los judíos. Pero aquellos pies, así de ambiguos, de sucios, de polvorientos y cansados, son los que Jesús, el Maestro, quiso lavar con sus manos, y secar con cuidado, como un modo hermoso e insólito de recordarnos lo mucho que nos había amado.
¿Cómo están tus pies? ¿Te avergüenzas de ellos? ¿Caes en el pudor de quien no quiere mirar la suciedad? ¿Es tu posición la de Pedro, que jamás se dejaría lavar sus pies por el Maestro? Sin embargo de nuevo Él se postra ante cada uno de nosotros sin miedo a nuestros malos olores, a nuestras grietas y suciedades. Pies polvorientos, rasgados y rotos que son de nuevo acogidos, acariciados y enjugados para que, hidratados por el bueno olor de Cristo, podemos de nuevo salir a los caminos a anunciar la Buena Nueva. ¡No tengas miedo a quedarte desnudo frente a Aquel para quien no hay nada que no ame y quiera curar en ti!
“El alma que anda en Amor ni cansa, ni se cansa”. Jesús no se cansó de darnos otra vez su Amor, de multiplicarse hasta el final. “Tomad y comed, tomad y bebed”. Una amistad que se hace tierna como el pan que no se endurece ni termina, una alegría que se hace gozosa en medida generosa. Su Cuerpo y su Sangre se hicieron santa Eucaristía, humildes como el trigo y la uva, y silenciosos y discretos como un Sagrario.
Finalmente, a aquellos discípulos les quiso confiar lo más sagrado. Los hizo ministros que sólo sirven para servir a los hermanos. Como el Padre le envió a Él, así ahora Él enviaba a aquellos pescadores a la otra orilla. Ya no había puestos de recaudación de impuestos sino ocasiones para dar al hombre todo aquello que de Él habían recibido. El Sacerdote Jesús, el Sacerdote Único y Eterno, invita a aquellos discípulos a seguir su ejemplo confiándoles su secreto y compartiendo con ellos el divino encargo.
Los amó hasta el extremo. Había llegado la hora. Basta mirar esta noche a Nuestro Santísimo Cristo de la Misericordia en su silencioso silencio para entender este extremo, esta hora. El Silencio en Su Silencio nos habla como nadie para dejarnos a cada uno la herencia silenciosa y a veces incomprensible de Su Misericordia. Hermanos dejémonos traspasar por su mirada que viene a nuestra vida como una pregunta abierta dónde encontramos la oportunidad para ser testigos de este Amor y esta entrega por todos y cada uno. Los rasgos de la mirada de Dios nos han sorprendido en plena noche.

Por P. José Antonio Villena García

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