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VIERNES SANTO: MOMENTO DE ESPERANZA

“Inclinando la cabeza, entregó el espíritu”

            Un silencio se apodera de El Gólgota. El cielo se cubre de oscuras nubes, ambiente intranquilo. Un solo grito y ese cielo se desgarra. ¡Cristo, el Hijo del Hombre ha muerto! 

Ya está. Se ha cumplido su Palabra. La finalidad de Cristo ha llegado a su momento álgido. ¡Tristeza y desolación! ¡Incredulidad y vértigo! ¡Desconcierto! Algunos tras ver cómo actúa el cielo reconocen que quizá: “verdaderamente, éste era Hijo de Dios”. Otros se van con la sensación de haber cumplido con su tarea: darle muerte a un blasfemo, a un agitador de masas, a alguien que estaba soliviantando sus principios y su moral. Mientras Juan y María, al pie de la cruz, lloran la muerte de ese hijo y maestro amigo. Jesús ha muerto y eso les llena de pena y desconcierto.

            ¿Y nosotros? ¿Cómo vivimos este momento nosotros? Sólo tenemos dos alternativas posibles.

Vivir como los apóstoles y la gente que hasta ahora había rodeado a Jesús, marchándonos desilusionados y tristes. Marcharnos a casa con la sensación de que todo ha sido bien, una ilusión; o bien, una mentira que nos interesaba creer porque nos ayudaba a vivir mejor.

O, segunda opción, quedarnos como María, la madre de Jesús, y como Juan, el discípulo que tanto amaba, junto a la cruz. Pero quedarnos, no tristes y compungidos, sino ESPERANZADOS. Quedarnos esperando, porque nuestra fe así nos lo dice y así lo creemos nosotros, que Jesús al tercer día va a resucitar porque nunca nos ha mentido, nunca nos ha abandonado y, por supuesto, no lo va a hacer ahora.

            El Viernes Santo es el momento de la ESPERANZA. Es el momento de acercarnos a la cruz, no como instrumento de muerte y de tortura, que lo es. Sino con el sentido que Dios le da en este instante. Acercarnos a la cruz como signo de VIDA. Como símbolo de esa VIDA ETERNA que Cristo ha abrazado para regalárnosla, para que nosotros, a través de ella, lleguemos a la gloria de la Resurrección.

            No cabe duda que, ante las circunstancias que estamos viviendo, este año la cruz tiene más sentido que nunca, si cabe, en nuestras vidas. Nosotros tenemos que aprender a no rehuir de nuestras cruces. De nuestros miedos y pecados. Abrazarlos. Asumirlos, hacerlos nuestros para superarlos. Para que el mal no tenga poder sobre nosotros. Llevar nuestra realidad a cuestas es quererla, es asumirla para poder ofrecérsela a Cristo y que nos dé la fuerza necesaria para salir hacia delante.

Esta pandemia que tanto dolor, sufrimiento y pena nos ha traído es nuestra cruz en estos momentos. Huir es propio de personas que desconfían en el Señor como les sucedió a los apóstoles. Acogerla, abrazarla y vivir en ella es lo que hizo Jesús sabiendo en Quién confiaba. Si nosotros también lo sabemos y por eso estamos aquí ¿vamos a salir huyendo dejando solo a Aquél que sabemos que “bien nos ama”?

Por Hilario Javier Barroso García

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