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Vía Crucis

No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, muéveme ver tu cuerpo tan herido, muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que, aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera.

Un año más celebramos la Semana Santa, esa semana de Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo que desemboca en la gran fiesta de la Resurrección. Esa Resurrección que es mucho más que una muestra de amor desinteresada. Es una promesa cumplida, el claro ejemplo de que Dios no nos abandona nunca, que nos salva siempre a pesar de nuestros muchos pecados. Es la demostración de que nuestro Dios, el Dios de los Cristianos es un Dios de vivos y no de muertos, es el Dios de aquellos que optan por ganar la Vida Eterna que, desinteresadamente, Él nos ha regalado.

Hoy nosotros hemos decido que queremos acompañar a Cristo por esta Vía Dolorosa. Queremos acompañar a nuestro Jesús de la Misericordia, nuestro Cristo del Silencio. Estamos decididos a caminar junto a él en los últimos momentos de su vida. Queremos acompañarle con el firme propósito de no volver a abandonarle jamás, con el firme propósito de poner nuestra vida en sus manos, para así cumplir siempre su voluntad y ayudarle, como hizo nuestra Madre y Patrona, la Virgen María, nuestra Virgen de las Angustias, a instaurar su Reino en medio de nuestro mundo, de nuestra sociedad, de nuestra ciudad de Granada.

Este año, a causa de la pandemia, nuestros pasos silenciosos no pueden romper la emoción sostenida en la noche del Jueves Santo, ni nuestros candeleros pueden iluminar las calles de nuestra ciudad, pero estamos convencidos de que acompañándole en este Vía Crucis encenderá las llamas de nuestros corazones y entonces sí, entonces serán ellos lo que iluminen todo nuestro alrededor, porque sabemos que confiando en él, amándole a él y cumpliendo su voluntad seremos ese fiel reflejo de su misericordia. Una misericordia que nuestro mundo necesita conocer con urgencia.

PRIMERA ESTACIÓN

Jesús es condenado a muerte

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos…

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según san Marcos 15,12-13.15

Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó: «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?» Ellos gritaron de nuevo: «Crucifícalo». Y Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

Asistimos a la primera injusticia de este calvario. Pilato, una persona con autoridad y poder que debe ejercer, siempre y en todo lugar, la justicia, con su cobarde actitud, comete la mayor de las injusticias: condenar a muerte a un inocente. No quiere pasar a la historia como alguien odiado, vive de su puesto de trabajo, de su imagen, de su vanagloria, V incluso para conseguirlo, no le importa que esto ocurra “caiga quien caiga”. En este caso, un inocente, Jesús.

En nuestro mundo contemporáneo, muchos son los «Pilato» que tienen en las manos los resortes del poder y los usan al servicio de los más fuertes, incluso para su propio beneficio. Muchas son las personas que para sobresalir por encima de los demás, para mantener su imagen y prestigio en lo alto, no dudan en caer en la injusticia, en la soberbia, en el pecado. Todo vale para los que buscan reconocimiento, llegando a negar, incluso, a Dios en sus vidas. Llegando, incluso, a la muerte de nuestro prójimo.

Señor Jesús, que te enfrentas a nuestras injusticias, no permitas que seamos contados entre los injustos. No permitas que nos complazcamos en el mal, en la injusticia y en el despotismo. No permitas que nuestro afán de protagonismo, nuestro ego descarnado se apodere de nosotros de tal manera que tú y nuestros hermanos os quedéis sin sitio en nuestro corazón. Confírmanos en la justicia y en la paz, para que, desde nuestra realidad, las hagamos siempre presentes en medio de nuestra sociedad. Amén.

Padrenuestro, Ave María y Gloria

SEGUNDA ESTACIÓN

Jesús con la cruz a cuestas

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos…

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según San Marcos 15,20

Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo.

Jesucristo se encuentra ante unos soldados que creen tener todo el poder sobre él, mientras que él es aquel por medio del cual «se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho».

¡Cuántas veces caemos en la tentación de pensar que ostentamos todo el poder y el conocimiento para manejar el mundo! Los grandes avances de nuestro tiempo a nivel científico, industrial, tecnológico, biológico… nos han “endiosado”, nos han hecho en un ensimismamiento tal que no nos duele afirmar que: “el hombre todo lo puede y gracias a él…”

También hoy el mundo se somete a realidades que buscan expulsar a Dios de la vida del mundo, como el laicismo ciego que sofoca los valores de la fe y de la moral en nombre de una presunta defensa del hombre; o el fundamentalismo violento que toma como pretexto la defensa de los valores.

Señor Jesús, tú que has asumido la humillación y te has identificado con los débiles, te confiamos a todos los hombres y a todos los pueblos humillados y que sufren. Nos encomendamos también nosotros porque muchas veces caemos en la tentación de sentirnos superiores, no sólo a nuestro prójimo, sino también a ti. Te pedimos que nos hagas experimentar que sin ti no podemos alcanzar nada para que la humildad, la sencillez y el agradecimiento broten siempre en cada uno de nuestros actos. Amén.

Padrenuestro, Ave María y Gloria.

TERCERA ESTACIÓN

Jesús cae por primera vez

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos…

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura del profeta Isaías 53,5

Pero Él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre Él, sus cicatrices nos curaron.

Jesús, ese Dios que nos ama hasta el extremo, ese Dios que decide hacerse hombre por nuestra salvación, cae por tierra sin protegerse bajo el pesado yugo de la cruz. Aquél que ha traído la paz al mundo, herido por nuestros pecados, cae bajo el peso de nuestras culpas. Mientras tanto, nosotros seguimos confiando en nuestro buen hacer, en nuestra “omnipotencia” que nos ha llevado a manejar el mundo a nuestro antojo… o eso pensábamos.

«Mirad, oh fieles, nuestro Salvador que avanza por la vía del Calvario. Oprimido por amargos sufrimientos, las fuerzas le abandonan. Vamos a ver este increíble evento que sobrepasa nuestra comprensión y es difícil de describir. Temblaron los fundamentos de la tierra y un miedo terrible se apoderó de los que estaban allí cuando su Creador y Dios fue aplastado bajo el peso de la cruz y se dejó conducir a la muerte por amor a toda la humanidad» (Liturgia caldea).

¿Y nosotros? ¿Qué hacemos mientras tanto? ¿Estamos dispuestos a ponernos a tu servicio, Jesús? ¿Somos agradecidos ante este terrible espectáculo que estamos viviendo o simplemente nos creemos merecedores de él? ¿Cómo te agradecemos estos momentos de salvación? No cabe otra, ante estos hechos, en los que te vemos cómo cargas con nuestros pecados para que no carguemos nosotros con ellos, solo podemos, solo puedo hacer una cosa: pedirte perdón y ponerme de tu lado, convertirme en ese Cirineo que, antes o después, hoy, te encontrarás por este camino de salvación para cada uno de nosotros. Te encontraremos porque no paras de buscarnos, de buscarme y entonces yo te diré: “Quiero seguirte cada día y ayudarte con el peso de la cruz”.

Señor Jesús, levántanos de nuestras caídas, reconduce nuestro espíritu extraviado a tu Verdad. No permitas que la razón humana, que tú has creado para ti, se conforme con las verdades parciales de la ciencia y de la tecnología sin intentar siquiera plantearse las preguntas fundamentales sobre el sentido y la existencia. Concédenos, Señor, abrirnos a la acción de tu Santo Espíritu, de modo que nos conduzca a la plenitud de la verdad. Amén.

Padrenuestro, Ave María y Gloria.

CUARTA ESTACIÓN

Jesús encuentra a su Madre

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos…

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según san Lucas 2,34-35.51b

Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Éste ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción, y a ti misma una espada te traspasará el alma, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones». Su madre conservaba todo esto en su corazón.

¡Qué difícil es ser cristiano! Seguir a Cristo conscientemente y queriendo ser cada día mejor es ciertamente complicado. No porque Dios nos lo ponga difícil sino porque nuestro mundo, nosotros mismos, preferimos nuestra voluntad a la de Dios. Preferimos lo que el mundo nos ofrece que aquello que Dios nos ha regalado. María, la Madre de Jesús y Madre nuestra, nos ayuda a llegar a Cristo, XI se nos manifiesta como ejemplo de lo que significa abandonarse en manos de Dios, de lo que significa cumplir siempre su voluntad con plena confianza y sin titubeos.

Herido y sufriendo, llevando la cruz de todos los hombres, Jesús, así encuentra a tu madre y, en su rostro, a toda la humanidad. María, Madre de Dios y madre nuestra, imagen de sencillez, fe y amor, ha sido tu primera discípula. Al acoger la palabra del ángel, nos da una verdadera lección de fe y de entrega a la voluntad de Dios. ¿Actúo yo con esa disposición a la Palabra dada por el Padre? Ella se ha encontrado contigo, Verbo Encarnado, y se ha convertido en templo del Dios vivo. Nosotros también tenemos la oportunidad de encontrarnos con Dios, Él también se ha fijado en nosotros ¿por qué no nos fijamos nosotros en Él? Él se fija en nosotros con una mirada limpia, con una mirada misericordiosa y caritativa. Con una mirada llena de comprensión y de perdón.

Jesús, tú nos ama tanto que haces sobreabundar tu gracia donde abundan nuestros pecados, sales a nuestro encuentro cada día para darnos ese amor y perdón. María se ha encontrado con Dios gracias a una búsqueda constante de su rostro. Creía ser ella quien lo buscaba, pero, en realidad, era él quien la buscaba a ella. Nosotros creemos que somos los que buscamos a Dios, pero realmente es Dios quien nos busca a cada uno de nosotros, sale cada día a nuestro encuentro ¿para qué? Para amarnos y salvarnos.

Ahora, mientras lleva la cruz, te encuentras con ella. Sufres al ver a tu madre afligida, y María sufre contigo. Pero de este común sufrimiento nace la nueva humanidad.

Señor Jesús, también nosotros sentimos en nuestras familias los sufrimientos que los padres causan a sus hijos y éstos a sus padres. Señor, haz que en estos tiempos difíciles nuestras familias sean lugar de tu presencia, de modo que nuestros sufrimientos se transformen en alegría. Sé tú la fuerza de nuestras familias y haz que sean oasis de amor, XII paz y serenidad, a imagen de la Sagrada Familia de Nazaret. Amén.

Padrenuestro, Ave María y Gloria.

QUINTA ESTACIÓN

El Cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos…

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según San Lucas 23, 26

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús.

Ayudar a nuestro prójimo, aunque no goce de nuestra simpatía; sufrir con el que sufre, compadecernos de nuestros hermanos… ¿estamos dispuestos a ello? Tu encuentro, Jesús, con Simón de Cirene es un encuentro silencioso, una lección de vida.

Verte, ahora, de esta manera debería ser para nosotros un estímulo. Ciertamente debemos mostrarnos y estar agradecidos porque, al fin y al cabo, si te vemos en estas circunstancias es por nuestra salvación, pero ese agradecimiento no es total si nosotros no te ayudamos a XIV llevar esa cruz, nuestra cruz, ahora convertida en tu Cruz. Eso sería egoísmo, frialdad por nuestra parte. Verte padeciendo por mí y yo sin cuestionarme qué puedo hacer por ti.

Mi respuesta debe ser clara, seguir tus pasos y ayudarte con el peso de la cruz, con el peso del mal. Convertirme en ese Simón de Cirene que, dejándose de lado a él mismo, hace lo que tiene que hacer, convertirse en seguidor tuyo, dar mi vida por Dios y por todos los que me rodean.

Es momento de que nosotros nos planteamos dar la vida por el Padre. Ese dar la vida por Dios se materializa en nuestro amor hacia Él y hacia nuestros hermanos. Jesús, tú no quieres el sufrimiento de nadie, eso queda latente, nosotros también tenemos que trabajar, como tú, por ayudar a nuestros hermanos a acabar con sus sufrimientos. Debemos ayudar a nuestro prójimo a llevar su cruz.

Señor Jesús, tú has hecho que el hombre tomara parte en llevar tu cruz. Nos has invitado a compartir tu sufrimiento. Simón de Cirene es uno de nosotros, y nos enseña a aceptar la cruz que encontramos en el camino de la vida. Queremos ser tus discípulos para llevar tu cruz todos los días; la llevaremos con alegría y con esperanza para que tú la lleves con nosotros, porque tú has alcanzado para nosotros el triunfo sobre la muerte. Te damos gracias, Señor, por cada persona que sufre y a través de ese sufrimiento sabe ser testigo de tu amor, y por cada «Simón de Cirene» que pones en nuestro camino. Amén.

Padrenuestro, Ave María y Gloria.

SEXTA ESTACIÓN

La Verónica enjuga el rostro de Jesús

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos…

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura del libro de los Salmos 27,8-9

Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.

Los pobres, los enfermos, los desvalidos, los que menos tienen… en definitiva, cada uno de esos pequeños de nuestro mundo, tus preferidos. Esos a quienes nosotros damos de lado porque no caben en nuestra ajetreada vida, en nuestra interesada vida, en nosotros mismos. ¡No nos gusta sufrir! Si huimos de nuestro propio sufrimiento ¿cómo vamos a sufrir con los otros? Buscamos gente que nos aporte grandes beneficios, no más problemas ¡bastante tenemos, cada uno de nosotros, con los propios! ¡Qué equivocados estamos! ¿Y XVI si tú hubieses pensado de la misma manera? ¿Qué hubiese sido de nosotros?

La Verónica te ha buscado en medio de la gente. Te ha buscado, y al final te ha encontrado. Mientras tu dolor llegaba al extremo, ha querido aliviarlo enjugándote el rostro con un paño. Un pequeño gesto, que expresaba todo su amor por ti y toda su fe en ti, y que ha quedado impreso en la memoria de nuestra tradición cristiana. Este gesto nos demuestra de nuevo que toda persona que quiere encontrarte lo consigue, no por nuestros propios méritos sino por tu amor hacia nosotros que, como decíamos anteriormente, te lleva a hacerte el encontradizo con cada hombre y mujer de este mundo. Ver tu rostro, significa saber ver en los demás, en los que sufren, en los pobres y débiles tu presencia en sus vidas. Encontrar tu rostro en nuestros hermanos nos recuerda que todos somos hijos de Dios y, por lo tanto, radicalmente iguales. Encontrar tu rostro en el otro significa amarlo como tú nos amas a nosotros mismos.

Hoy queremos hacer el firme propósito de buscar tu rostro, Señor, haz que te encontremos en los pobres, en tus hermanos pequeños, para enjugar las lágrimas de los que lloran, hacernos cargo de los que sufren y sostener a los débiles. Tú nos enseñas que una persona herida y olvidada no pierde ni su valor ni su dignidad, y que permanece como signo de tu presencia oculta en el mundo. Ayúdanos a lavar de su rostro las marcas de la pobreza y la injusticia, de modo que tu imagen se revele y resplandezca en ella. Amén.

Padrenuestro, Ave María y Gloria.

SÉPTIMA ESTACIÓN

Jesús cae por segunda vez

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos…

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura del libro de los Salmos 22, 8.12

Al verme se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza. Pero tú, Señor, no te quedes lejos, que el peligro está cerca y nadie me socorre.

Nuestros pecados no tienen límite. Una, dos, tres… cientos de veces caemos en ellos, nos regodeamos muchas veces en nuestras debilidades, preferimos mirarnos a nosotros mismos en lugar de seguir las huellas de Cristo. No nos duele dejar a Jesús solo bajo el peso de la cruz. En la caída es cuando el peso del mal se hace demasiado grande, y parece que no hay límite para la injusticia y la violencia; para el egoísmo y la soberbia; para los prejuicios, la crítica y la persecución… no tenemos límite ¡Cuánto nos cuesta dejar XVIII atrás nuestra condición de pecado y abrazar el estado de gracia del Señor!

Frente a mi desorbitada confianza en mí mismo y la desconfianza que muchas veces muestro hacia Dios, Jesús, en esta estación, te levantas de nuevo apoyándote en la confianza que tú sí tiene en el Padre. Frente a los hombres que te han abandonado a tu suerte, la fuerza del Espíritu te levanta; te une completamente a la voluntad del Padre.

Señor Jesús, en tu segunda caída reconocemos tantas situaciones nuestras que parecen no tener salida. Entre ellas, las causadas por los prejuicios y el odio, que endurece nuestro corazón y lleva a conflictos religiosos. Ayúdanos a querer levantarnos de esta situación de pecado y ponernos, de una vez para siempre, en tus manos. Ilumina nuestras conciencias para que reconozcamos que, a pesar de «las divergencias humanas y religiosas», «un destello de verdad ilumina a todos los hombres», llamados a caminar juntos – respetando la libertad religiosa – hacia la verdad que sólo está en Dios. Así, las distintas religiones podrán «unir sus esfuerzos para servir al bien común y contribuir al desarrollo de cada persona y a la construcción de la sociedad». Amén.

Padrenuestro, Ave María y Gloria.

OCTAVA ESTACIÓN

Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén que lloran por él

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos…

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según San Lucas 23, 27-28

Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos».

¡Cuántos hermanos nuestros están sufriendo en este mundo! ¡Cuánto nos cuesta hacernos los encontradizos con ellos! ¡Cuántas veces les giramos la cara para que su dolor no se convierta en el nuestro! Sin embargo, tú, querido Jesús, de camino hacia el Calvario, te encuentras a las mujeres de Jerusalén. Ellas lloran por tu sufrimiento como si se tratase de un sufrimiento sin esperanza. Sólo ven en el madero de la cruz un signo de maldición, tú, en cambio lo XX has aceptado como medio de Redención y de Salvación, no para ti sino para los demás. ¡No solo asumes nuestros pecados y salvación, sino que, además, no pides nada a cambio por ello!

En la Pasión y Crucifixión, Jesús da su vida en rescate por muchos. Así dio alivio a los oprimidos bajo el yugo y consuelo a los afligidos. Enjugó las lágrimas de las mujeres de Jerusalén y abrió sus ojos a la verdad pascual.

Nuestro mundo está lleno de madres afligidas, de mujeres heridas en su dignidad, violentadas por las discriminaciones, la injusticia y el sufrimiento. Muchas mueren a manos de sus parejas, sufren abandono o indiferencia; en otros países son vejadas, denostadas y abandonadas… Te pedimos, Oh Cristo sufriente, que seas su paz y el bálsamo de sus heridas.

Señor Jesús, con tu encarnación en María «bendita entre las mujeres», has elevado la dignidad de toda mujer. Con la Encarnación has unificado el género humano. Haz, que el deseo de nuestro corazón sea el de encontrarnos contigo. Que nuestro camino lleno de sufrimiento sea siempre un itinerario de esperanza, contigo y hacia ti, que eres el refugio de nuestra vida y nuestra Salvación. Amén.

Padrenuestro, Ave María y Gloria.

NOVENA ESTACIÓN

Jesús cae por tercera vez bajo el peso de la cruz

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos…

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura de la segunda carta del apóstol San Pablo a los Corintios 5, 14-15

Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Y Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.

“Que todos sean uno” será uno de los anhelos de Jesús. Lo que más ansía es nuestra unión entre todos los hombres y mujeres. Que todos, como miembros de un mismo cuerpo, caminemos unidos por la senda de la vida; que todos, como miembros de un mismo cuerpo, trabajemos juntos por el Reino de Dios. Pero no sabemos, nos empeñamos en mirar más lo que nos divide que aquello que nos une. Somos más dados a mirar nuestras diferencias que el hecho de recordar XXII que todos, sin distinción ninguna, somos hijos de un mismo Dios, de un mismo Padre. ¿Qué puede separarnos?

Por tercera vez, Jesús caes bajo la cruz cargado con nuestros pecados, y por tercera vez intentas alzarte con todas las fuerzas que te quedan, para proseguir el camino hacia el Gólgota, evitando dejarte aplastar y sucumbir a la tentación. ¡Qué voluntad tan fuerte la tuya, frente a la débil voluntad que tengo yo! Desde la encarnación, llevas la cruz del sufrimiento humano y del pecado. Has asumido la naturaleza humana de forma plena y para siempre, mostrando a los hombres que la victoria es posible y que el camino de la filiación divina está abierto.

Señor Jesús, la Iglesia, nacida de tu costado abierto, está oprimida bajo la cruz de las divisiones que alejan a los cristianos unos de otros y de la unidad que tú quisiste para ellos; se han desviado de tu deseo de «que todos sean uno» (Jn 17,21), como tú y el Padre. Esta cruz grava con todo su peso sobre sus vidas y su testimonio común. Frente a las divisiones a las que nos enfrentamos, concédenos, Señor, la sabiduría y la humildad, para levantarnos y avanzar por el camino de la unidad, en la verdad y el amor, sin sucumbir a la tentación de recurrir sólo a los criterios que nacen de intereses personales o sectarios. Concédenos renunciar a la mentalidad de división «para no hacer ineficaz la cruz de Cristo» (1Co 1,17b). Amén.

Padrenuestro, Ave María y Gloria.

DÉCIMA ESTACIÓN

Jesús es despojado de sus vestiduras

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos…

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura del libro de los Salmos 22, 19

Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica.

¡Vivimos en la época de la autosuficiencia! Cuanto más independiente es la persona más fuerte y atractivo se cree para la sociedad. El mismo mundo nos invita a no necesitar de nadie, incluso, nos invita a no necesitar de ti.

En la plenitud de los tiempos, Señor Jesús, has revestido nuestra humanidad; tú, de quien se dice: «La orla de su manto llenaba el templo»; ahora, caminas entre nosotros, y los que tocan la orla de tus vestidos quedan curados. Pero nuestra codicia te ha llevado a verte, incluso, despojado también de este vestido, Señor. Te hemos robado el manto, y tú nos has dado también la túnica. Has permitido que el velo de tu carne se rasgase para que fuésemos XXIV admitidos de nuevo a la presencia del Padre (cf. Hb 10,19- 20).

Creíamos poder realizarnos nosotros mismos, independientemente de ti. Nos hemos encontrado desnudos, pero tu amor infinito nos ha revestido de la dignidad de hijos e hijas de Dios y de tu gracia santificante ¡y seguimos sin darnos cuenta de ello! Seguimos, tristemente, sin saber agradecértelo como mereces.

Oh Jesús, Hijo del hombre, que te has despojado para revelarnos la nueva criatura resucitada de entre los muertos, arranca en nosotros el velo que nos separa de Dios, y entreteje en nosotros tu presencia divina. Concédenos vencer el miedo frente a los sucesos de la vida que nos despojan y nos dejan desnudos, y revestirnos del hombre nuevo de nuestro bautismo, para anunciar la Buena Noticia, proclamando que eres el único Dios verdadero, que guía la historia. Amén.

Padrenuestro, Ave María y Gloria.

UNDÉCIMA ESTACIÓN

Jesús es clavado en la cruz

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos…

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según San Juan 19, 16a.19

Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos».

Nuestros pecados, ellos son los únicos culpables de que, ahora, tú te veas así. Con lo fácil que hubiese sido obedecerte, seguir tus huellas, tus pasos, tu Palabra… pero no, ¡nosotros lo sabemos todo!, llegamos a pensar que no necesitamos un “dios” que coarte mi libertad. Por eso te ves, Mesías esperado, colgado en el madero de la cruz entre dos malhechores. Las manos que han bendecido a la humanidad están traspasadas. Los pies que han pisado nuestra tierra XXVI para anunciar la Buena Noticia cuelgan entre el cielo y la tierra. Los ojos llenos de amor que, con una mirada, han sanado a los enfermos y perdonado nuestros pecados ahora sólo miran al cielo.

Señor Jesús, tú has sido crucificado por nuestras culpas. Tú suplicas al Padre e intercedes por la humanidad. Cada golpe del martillo resuena como un latido de tu corazón inmolado.

Qué hermosos en el monte Calvario los pies de quien anuncia la Buena Noticia de la Salvación. Tu amor, Jesús, ha llenado el universo. Tus manos atravesadas son nuestro refugio en la angustia. Nos acogen cada vez que el abismo del pecado nos amenaza y encontramos en tus llagas la salud y el perdón.

Oh Jesús, te pedimos por todos aquellos hermanos nuestros que están oprimidos por la desesperación, por los que son víctimas de sus adicciones, perversiones… Líbralos de su esclavitud. Que levanten los ojos y acojan el Amor. Que descubran la felicidad en ti, y sálvalos tú, Salvador nuestro. Amén.

Padrenuestro, Ave María y Gloria.

DUODÉCIMA ESTACIÓN

Jesús muere en la cruz

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos…

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según San Lucas 23,46

Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró.

¡Nunca ha dudado de la presencia del Padre ni en su vida ni en él! Jesús entregando su espíritu al Padre nos da la última lección de amor en la cruz. Perdona nuestros pecados y para que no nos sintamos abatidos nos recuerda la importancia que tiene que pongamos nuestra vida en aquel que nunca defrauda: Dios Padre.

Por eso, desde lo alto de la cruz, das un grito: un grito de abandono en el momento de la muerte, un grito de confianza en medio del sufrimiento, un grito del alumbramiento de una vida nueva. Colgado del Árbol de la XXVIII Vida, entregas el espíritu en manos del Padre, haciendo brotar la vida en abundancia y modelando la nueva criatura. También nosotros afrontamos hoy los desafíos de este mundo: sentimos que las olas de las preocupaciones nos sumergen y hacen vacilar nuestra confianza. Concédenos, Señor, la fuerza de saber en nuestro interior que ninguna muerte nos vencerá, hasta que reposemos entre tus manos que nos han formado y nos acompañan. Queridísimo Jesús, haz posible que cada uno de nosotros podamos exclamar:

«Ayer, estaba crucificado con Cristo, hoy, soy glorificado con él. Ayer, estaba muerto con él, hoy, estoy vivo con él. Ayer, fui sepultado con él, hoy, he resucitado con él». (Gregorio Nacianceno).

En las tinieblas de nuestras noches, nosotros te contemplamos. Enséñanos a dirigirnos hacia el Altísimo, tu Padre celestial. Amén.

Padrenuestro, Ave María y Gloria

DECIMOTERCERA ESTACIÓN

Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos…

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según San Juan 19,26-27a.

Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre».

No contento con morir por nosotros, no contento por darnos el perdón y la salvación que viene de tu Padre, de nuestro Padre, nos haces un último regalo desde la cruz ¡qué inconmensurable es tu amor y misericordia, Señor, hacia cada uno de nosotros, incluso hacia los que no te aprecian y, mientras tanto, nosotros creando divisiones, provocando guerras y manteniendo diferencias entre nosotros mismos!

Señor Jesús, aquellos que te aman permanecen junto a ti y conservan la fe. Su fe no decae en la hora de la agonía y XXX de la muerte, cuando el mundo cree que el mal triunfa y que la voz de la verdad y del amor, de la justicia y de la paz calla.

Oh María, entre tus manos nosotros ponemos nuestra tierra. «Qué triste es ver a esta tierra bendita sufrir en sus hijos, que se desgarran con saña y mueren». Parece como si nada pudiera suprimir el mal, el terrorismo, el homicidio y el odio. «Ante la cruz sobre la que tu hijo extendió sus manos inmaculadas por nuestra salvación, oh Virgen, nos postramos en este día: concédenos la paz» (Liturgia bizantina). Amén.

Padrenuestro, Ave María y Gloria.

DECIMOCUARTA ESTACIÓN

Jesús es colocado en el sepulcro

V/. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos…

R/. Que por tu santa cruz redimiste al mundo.

Lectura del Evangelio según San Juan 19,39-40.

Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos.

¡Todo se ha acabado! En una cueva naciste, una fría noche en Belén, envuelto en unos pocos pañales. Has querido hacerte hombre y padecer todo esto por amor, por un amor a nosotros que, en muchas ocasiones, no es correspondido.

Menos mal que Nicodemo recibe tu cuerpo, Jesús, menos mal que se hace cargo de ti y te deposita en eseXXXII sepulcro en vuelto en un sudario que nos recuerda a la noche de tu nacimiento. Te deposita en un jardín que recuerda el de la creación. Querido Jesús, te dejas enterrar como te dejaste crucificar, con el mismo abandono, completamente «entregado» en las manos de los hombres y «perfectamente unido» a ellos «hasta el sueño bajo la lápida de la tumba» (S. Gregorio de Narek).

Debemos aprender que aceptar las dificultades, los sucesos dolorosos, la muerte, exige una esperanza firme, una fe viva. La piedra puesta a la entrada de la tumba será removida y una nueva vida surgirá. «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6,4).

Hemos recibido la libertad de los hijos de Dios para no volver a la esclavitud; se nos ha dado la vida en abundancia, no podemos conformarnos ya con una vida carente de belleza y significado ¿estamos dispuestos a seguir, ahora, el mismo camino que hemos recorrido con Cristo, por él y en él?

Señor Jesús, haz de nosotros hijos de la luz que no temen las tinieblas. Te pedimos hoy por todos los que buscan el sentido de la vida y por los que han perdido la esperanza, para que crean en tu victoria sobre el pecado y la muerte. Amén.

Padrenuestro, Ave María y Gloria.

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